El cielo y las estrellas de Teruel, un valor de presente y futuro

Gúdar Javalambre, Cuencas Mineras, Sierra de Albarracín y Bajo Aragón son comarcas de la provincia de Teruel que tienen en común algo más que ser turolenses. Las cuatro han hecho del cielo un valor con el que identificarse y del que hacer un atractivo turístico que les ha situado en el mapa nacional e internacional del astroturismo y, lo que es lo mismo, en una lista de destinos turísticos de calidad y sostenibles. Así pues, el cielo, para esas cuatro comarcas, es un motor de desarrollo local y de cooperación entre el sector público, el empresarial y el científico. Un motor que funciona, eso sí, a un ritmo propio: sostenido y sin velocidades de vértigo.

De las cuatro, las tres primeras están certificadas, y la tercera está en el proceso, en una o más de las posibilidades que ofrece la Fundación Starlight, entidad creada por el Instituto de Astrofísica de Canarias para «la protección y conservación de los cielos nocturnos considerados como un importante recurso científico, cultural, medioambiental y turístico, así como para la divulgación y difusión de la astronomía», según explica en su página web, que destaca el potencial del desarrollo de astroturismo para favorecer el crecimiento de las zonas rurales más despobladas.

Estas certificaciones han llegado como consecuencia del descubrimiento del tesoro que tienen sobre sus cabezas y del empeño en hacer de él un atractivo más de esa tierra. Que, entre otras cosas, ha servido de motivación para que el sector turístico vaya ideando y sumando iniciativas que atraigan a un público interesado en disfrutar de la contemplación y conocimiento de las estrellas.

 

«Este territorio es una tierra con grandes tesoros, y uno de ellos es su cielo», declara rotundamente Maribel Aguilar, periodista ambiental y experta en astroturismo, una pionera en introducir el cielo como valor e identidad propia de Teruel como destino turístico. «Que no es solo por el cielo, ciertamente, porque normalmente la gente viene a hacer otras cosas y de paso hace alguna actividad de cielo; o viene al cielo y de paso hace otras cosas. Pasa como en Canarias, que la gente aficionada al astroturismo va en primer lugar por el cielo y el observatorio, pero también hacen más cosas. Aquí ¿qué pasa?, pues que es un entorno rural muy rico, muy atractivo, donde la agricultura y la ganadería siguen teniendo un peso específico y muy tradicional». Por tanto, de lo que tratan las empresas de servicios turísticos es de «ofrecer actividades que aprovechen e integren los recursos del entorno, porque eso le gusta a la gente. Por ejemplo, uno de los trayectos que más gusta es “Entre viñedos y estrellas”, en las que se explica la viticultura, se hacen catas interpretadas y se hacen observaciones. Otro: “Entre olivos y estrellas”, con olivos centenarios donde, claro, el paisaje es el del olivo tradicional». Integrar los elementos de la agricultura, la ganadería o la naturaleza, que también se hace otra actividad llamada “Berrea bajo las estrellas”.

Esto es importante, porque «puedes, además de poner en valor lo que tienes a tu alcance, como la naturaleza, para divertir, pero también pera enseñar, divulgar y sensibilizar. Y es también una forma de diferenciar lo que se hace aquí. Por ejemplo, si a alguien que no sabe nada de cielo, solo se les cuenta eso, pues hecha una actividad hechas todas. Luego van a La Rioja, por ejemplo, y si solo se ha hablado del cielo, lo mismo da hacerlo en La Rioja que en Teruel. Por eso gusta que se incorporen más cosas que puedan relacionar cómo la gente de este territorio ha mirado al cielo a lo largo de la historia. Y, por supuesto, ser muy riguroso con lo que se cuenta».

 

La relación de Teruel con sus cielos nocturnos no comenzó simplemente porque a algunos les parecieran muy bonitos, sino que partió de una base científica, como recuerda Aguilar, «el científico Mariano Moles, astrofísico, buscaba en los primeros años 2000 un lugar con un cielo con las características adecuadas para instalar un observatorio astronómico, con tecnología de última generación para hacer astrofísica. Se hizo una campaña de cielo, que consiste en la medición durante un tiempo determinado de las condiciones del cielo nocturno a través de una serie de parámetros. En ella colaboraron como voluntarios miembros de Actuel, una asociación de aficionados a la astronomía de Teruel, muy veterana y con mucha experiencia en divulgación». Se planteó como lugar idóneo el Pico del Buitre, de más de 2000 metros, que está en la comarca de Gúdar Javalambre. Esto fue en los primeros años 90. Después llegaría la creación del Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón, CEFCA, «todo esto ya era algo tangible, un proyecto científico que vinculaba y ponía en valor el cielo de Teruel. No solo la ciudad y la provincia, sino su cielo. Y poco a poco se comenzó a hablar de los cielos desde otro punto de vista».

 

El caso es que el cielo y la astronomía, entraron también en el plan de Turismo Sostenible de la Provincia de Teruel, puesto en marcha en 2008 por el Patronato Provincial de Turismo de Teruel, del que Aguilar era gerente en aquel tiempo. «Se daban muchas circunstancias: el tema del incipiente observatorio, la creación del CEFCA, incluso que en 2009 sería el Año Internacional de la Astronomía. Poco a poco se empezaba a hablar del cielo desde otro punto de vista. Y en una reunión anual de formación con los técnicos de turismo de las 10 comarcas turolenses, planteamos el tema del aprovechamiento del cielo. Decíamos “si tan bueno es como para hacer ciencia a nivel mundial, que se ha elegido este lugar, ¿por qué no lo aprovechamos para que sea también un atractivo más de nuestra tierra?”. Y poco a poco en diversas comarcas fueron tirando por ese camino. De hecho, somos una de las provincias con mayor parte del territorio certificado por la Fundación Starlight».

Un territorio puede ser reserva, destino turístico o paraje Starlight. Pero también hay pueblos, casas rurales, campamentos, etc. Disponer de alguna de estas certificaciones acredita que son territorios, pueblos o empresas comprometidos con la protección de los cielos nocturnos, carentes de contaminación lumínica, implicados en su protección y «son consciente de que, al hacerlo, cuidan de un patrimonio científico y cultural que es de todos, a la vez que salvaguardan el hábitat de un gran número de especies que necesitan de la oscuridad de la noche para su pervivencia».

 

La evolución en estos últimos años lleva su propio ritmo. A juicio de Aguilar, «cuando los sitios tienen poca población no se pueden generar tantas expectativas empresariales, como por ejemplo en las Islas Canarias, que vive mucha más gente. Aunque hay zonas en las que se lleva un buen camino andado y aquí ya hay experiencias muy bonitas y de mucha calidad. Porque la gente, por ejemplo los guías, se están formando y profesionalizando. Se han hecho ya diversos cursos de formación y siempre hay muchísima más demanda que la oferta ofrecida. Y una cosa muy positiva es que, normalmente, son gente que viene de diversos ámbitos, como guías de naturaleza, de montaña, turísticos, etc., que tienen un bagaje previo y buscan complementar y poder ofrecer algo más. Por ejemplo, en un hotel han formado personal propio para ofrecer a sus clientes actividades. En este caso se trata de una persona que viene de las Humanidades, pues ¿qué hace?, relaciona el cielo con la mitología. Otro ejemplo: en el monasterio de Santa María del Olivar, que tiene hospedería, resulta que uno de los frailes de la congregación es un gran conocedor de la astronomía. Entonces, él se formó con Starlight y ahora está haciendo allí actividades preciosas y de todo tipo. Desde meditación bajo las estrellas a observación astronómica pura y dura, con telescopios, etc.»

Aun sin contar con indicadores previos, Aguilar, que actualmente tiene su propia empresa “Tierras y Cielos Privilegiados” y es monitora y consultora de la Fundación Starlight, sí puede afirmar que «en los últimos años ha habido un gran cambio, ha sido exponencial. En todos los sentidos, tanto en oferta como en demanda. Al principio yo era la única y ahora ya somos como 10 personas dedicándonos profesionalmente al turismo de estrellas. Claro, que son microempresas, como en mi caso, que estoy yo sola». Pero su propia actividad da una buena pista: «Antes tenía épocas en las que tenía menos clientela, sin embargo ahora tengo más cubierto todo el año. En verano hay más gente, claro. Pero el resto del año también. Por ejemplo, con familias con niños el invierno funciona muy bien. Porque, a las seis de la tarde es de noche y puedes hacer una observación de estrellas y luego a tomar un chocolate caliente».

 

Los pueblos pequeños, que quizá tienen menos opciones turísticas, sí pueden beneficiarse de una ventaja por tener menos contaminación lumínica. Y no faltan los que se afanan en reducir la que tengan. Por ejemplo, en Muniesa, en la comarca de las Cuencas Mineras, se está adecuando la iluminación pública a los exigentes requisitos de la certificación de la Fundación Starlight, para acreditarse como destino del turismo de estrellas. José Luis Iranzo, su alcalde, lo tenía claro: «entrar en el proyecto Starlight es una idea que venía de lejos. Porque Muniesa se merece que la gente venga también aquí a ver las estrellas y tenemos una de las cúpulas más oscuras de España. Así que estamos preparando el pueblo para ello y cambiando a led del alumbrado de las calles».

Además, el propio ayuntamiento ha impulsado la construcción de un albergue municipal con 42 plazas, para alojamiento de los futuros turistas, y ronda la idea de crear un parking de caravanas en un terreno municipal. Así pues, ni estrellas ni alojamientos faltarán.

Para Lucía Aguilar, técnica de Turismo de la comarca de las Cuencas Mineras, un aspecto clave del turismo astronómico, «es que es un ejemplo claro de turismo sostenible social y ambientalmente». Entre otras cosas porque no requiere especiales infraestructuras, «al contrario, enfatiza Maribel Aguilar, el impacto es mínimo. Y normalmente los sitios que todavía preservan su calidad de cielo adecuada es porque naturalmente en ese espacio hay mucha riqueza. Por otra parte, al ser actividades nocturnas trabajamos con grupos pequeños, porque la noche en el campo no da la seguridad del día. Incluso no movemos poco. De hecho yo suelo buscar aparcamientos cerca de merenderos. Llegamos allí, hacemos la observación y nos vamos».

Maribel Aguilar considera que hay un efecto añadido, como es el de la sensibilización, «que funciona muy bien. Porque, si a la gente la llevas en una plaza de Madrid y le echas un rollo de la contaminación lumínica, ya me dirás. Pero si vamos a un espacio natural, que están oyendo la naturaleza alrededor, que están con quien aprecian, les contamos las cosas de forma medianamente atractiva, si les hablas del problema de la contaminación lumínica, a la gente le cambia el chip. Digamos que los haces como mucho más porosos a hablar de algo que tiene solución».

Si toda esta actividad turística en torno al cielo y las estrellas ayudará a fijar población en una de las zonas con menor densidad de España o si, incluso, la atraerá, quizá todavía sea pronto para aventurarlo. Aunque señales hay. «Yo creo que un poco de las dos cosas habrá, -piensa Aguilar-, porque hay gente que ha visto una línea más de negocio vinculada con lo que ya hacía y ha ampliado sus propuestas, por un lado. Pero, también está el ejemplo de unos descendientes de gente que se fue a Valencia, que quieren volver porque han cogido un albergue de la trashumancia, que sacaron a concurso, que está aislado y lo van a dedicar a temas de observación de estrellas».

Pero no solo el turismo. También la ciencia tendrá un protagonismo en un futuro próximo. Vendrá de la mano de Galáctica, un centro de difusión y practica de la astronomía, dependiente del CEFCA, que está terminando de construirse, y que «es un proyecto emblemático para la zona. Será un antes y un después. No solo porque estará enfocado a las actividades de divulgación para el público general, es decir atraerá visitantes. Y atraerá también población de un perfil académico muy alto, será incluso salida profesional de gente local. Como en el observatorio. Gente que antes se iba, como astrofísicos, físicos, ópticos, ingenieros de telecomunicaciones, ingenieros mecánicos, hay muchos trabajando en el observatorio. Y yo conozco gente que está allí, en el observatorio, que antes estaban en Zaragoza y se ha venido. Eso es en otro nivel, claro. Pero esa opción profesional antes no estaba».

Eso mismo pasará con Galáctica, piensa Maribel Aguilar, «hace 20 o 25 años, cuando comenzó el Roque de los Muchachos, en La Palma, no trabajó ahí nadie de La Palma. Nadie. Solo los de la limpieza y poco más. Todos los técnicos y científicos venían de fuera. Ahora, gente de La Palma, que ha estudiado cosas relacionadas con eso, son jefes en el observatorio. Son científicos y científicas de allí, que han vinculado su vida a eso y que tienen un buen puesto. Oye, pues estos niños que viven en los pueblos de por aquí y con los que hacemos talleres de observaciones muchas veces, y que luego hacen voluntariamente trabajos sobre las estrellas, el día de mañana quién nos dice que no vayan a trabajar ahí arriba. Y eso es muy importante».

 Clara Navío / Periodista ambiental

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