Belenes, religiones y mundo rural

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Un año más, la navidad se ha vuelto a adelantar. Los operarios ya han colocado las luces en la calle, los catálogos de juguetes surgen como setas y en los comercios mazapanes y pannetones conviven sin problema con calabazas de Halloween y carteles anunciando los descuentos del “Black friday”. Apenas queda ya rastro de las navidades que retrataba la película “La gran familia”, cuando se pierde Chencho en la Plaza Mayor. Ahora el cotarro lo dominan Papá Noel y su reno Rodolfo, y los regalos se ponen en el árbol.

El tradicional belén ha quedado en un segundo plano; pero ahí sigue, gracias a toda esa gente que quiere mantener las tradiciones propias frente a unas navidades cada vez más “anglosajonas”, y que asociamos más a las compras y a las reuniones sociales que a esos sentimientos de alegría, fraternidad, amor, etc. que año tras año recuerda la Iglesia. En definitiva, una navidad cada vez más “pagana”.

Los belenes en su origen representaban a gente humilde y trataban de transmitir alegría y esperanza por el nacimiento de Jesús. Eran, por tanto, una gran herramienta en la tarea evangelizadora de la Iglesia, que le permitía llegar al pueblo, que en el siglo XIII (cuando comienzan a popularizarse) era muy humilde y vivía mayoritariamente en el campo. Por esta razón los belenes incorporaban elementos propios de la naturaleza – río, montañas, estrellas, vegetación – y elementos vinculados al medio rural. El buey manso y trabajador que representa a la Iglesia, la mula que por su cabezonería alude al pueblo de Israel, que no reconoció al Mesías, el portal que a menudo es un pequeño establo y, cómo no, los pastores, los pobres de la tierra, que van a visitar al recién nacido. Más rural imposible.

El belén fue un importante elemento evangelizador también en América. Allí el nacimiento se representa con elementos propios del medio natural y rural de aquellas tierras, como pavos, llamas, atuendos y alimentos típicamente americanos.

Las diferentes figuras del belen están cargadas de un simbolismo que se ha ido perdiendo con el tiempo: la apariencia de San José, la postura de la Virgen, los Reyes Magos, que representaban las tres razas conocidas por entonces. Hay incluso un personaje, la gitana, que representaba a la sibila romana que predijo el nacimiento de Jesús. Al fin y al cabo, el cristianismo comparte lugar de origen y trasfondo cultural con religiones más antiguas. Religiones que celebraban el solsticio de invierno, a partir del cual los días comienzan a ser más largos, asociándolo al renacer de sus dioses respectivos (Mitra, Horus o Tamúz). De hecho, nuestras navidades recuerdan mucho a las Saturnales romanas: festividad en honor a Saturno, dios de la agricultura, que se celebraban en torno a las mismas fechas, cuando todas las labores del campo habían terminado y finalizaba el periodo más oscuro del año.

Conviene no olvidar que la humanidad, desde su origen hasta prácticamente anteayer ha vivido sujeta a la luz solar y en íntimo contacto con la naturaleza: las labores del campo y las estaciones marcaban la existencia, y los inviernos, mucho más duros, eran época de parada forzosa. Es fácil darse cuenta que huyendo del frio y la oscuridad, familias y amigos se reunieran en torno al fuego, fuente de luz y calor, para festejar el hecho de estar juntos y que a partir de entonces los días serían más largos y la vida y volvería renacer en los campos. Desde este punto de vista se entiende mejor la existencia de personajes de carácter pagano asociados a la navidad y muy vinculados al fuego: el Olentzero vasco y el Apalpador gallego son carboneros, mientras que el Caga Tió catalán o el Yule Log nórdico son, directamente, troncos.

Quizás, a partir de ahora el árbol, Santa Claus y esa obsesión por festejar, comprar y reunirnos para intercambiar regalos, no nos parezcan tan ajenos a nuestra naturaleza. Otra cosa será cómo viva cada uno las navidades actuales.

Redacción: Caridad Calero.

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