Las nuevas plagas en la agricultura

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Los egipcios tuvieron su plaga de langosta, tal como cuenta la Biblia, los irlandeses tuvieron un hongo que les dejó sin patatas a mediados del siglo XIX, y la filoxera arrasó los viñedos de media Europa cincuenta años después. Hoy en día se supone que somos capaces de luchar contra las plagas más destructivas, o al menos contenerlas, gracias a los importantes avances científicos y tecnológicos experimentados en desde mediados del siglo XX. Sin embargo, al igual que ladrones y policías, virus informáticos y programas antivirus o defraudadores y técnicos de Hacienda… también en el mundo de la sanidad vegetal existe ese patrón: los “buenos” descubren el truco de los “malos” y estos cambian de estrategia para seguir con sus fechorías.

A pesar de las medidas de prevención, los métodos físicos, químicos, biológicos o incluso biotecnológicos de control de plagas, sigue existiendo un amplio grupo de organismos vivos – hongos, bacterias, virus, insectos, nematodos entre otros- dispuestos a perpetuarse aun a costa de robarle el sueño a muchos agricultores.

Y, a juzgar por un estudio de la Universidad de Exeter (Reino Unido), la situación no es muy halagüeña que digamos: actualmente es posible encontrar más de uno de cada diez tipos de plagas en aproximadamente la mitad de los países donde se siembran o plantan los cultivos que las hospedan. De seguir a este ritmo, estos científicos temen que una gran proporción de países productores de cultivos básicos puedan verse inundados por plagas en los próximos 30 años.

Dicho estudio también identifica esas plagas que posiblemente invadan nuestros campos en el futuro. Destacan tres especies de nematodos agalladores tropicales cuyas larvas infectan las raíces de miles de diferentes especies de plantas; por ejemplo el nemátodo de la raíz o de las agallas (Meloidogyne incognita) es especialmente abundante y ataca a una gran variedad de cultivos, haciendo que crezcan raquíticos y débiles. El hongo causante del mildiu del trigo (Blumeria graminis), reduce el tamaño de los granos y el rendimiento general de los cultivos. Por último tenemos al virus causante de la “tristeza de los cítricos”. Este virus debilita el árbol, que dará producciones escasas, y acaba matándolo en semanas o meses dependiendo de la violencia del ataque. Estos drásticos efectos hicieron que fuera bautizado así por agricultores españoles y portugueses en los años 30. Setenta años más tarde se ha detectado en 105 de los 145 países productores de cítricos.

Entonces, si disponemos de remedios más o menos eficaces luchar contra las plagas, ¿por qué se expanden tan rápidamente?. Imagino que, de una manera u otra, el ser humano tiene gran parte de culpa.

Con el cambio climático hemos alterado los patrones climáticos, lo cual afecta a la distribución de las plagas. Y además de animarlas a salir de su lugar de origen, ponemos a su completa disposición los medios para conseguirlo: se llama globalización.

Hoy en día se cultiva casi de todo en casi cualquier lado, sólo hace falta que las condiciones acompañen, la mano de obra no sea muy cara y la cosecha se pueda enviar en avión, barco o camión a cualquier lugar. Así, los autores del estudio describen la situación como una especie de juego del gato y el ratón: se introduce el cultivo X en una región libre de plagas, allí prospera brevemente, hasta que sus perseguidores lo alcanzan utilizando esos mismos medios de transporte.

Para evitarlo se crearon las barreras sanitarias, que pueden llegar a cerrar mercados internacionales y así frenar el movimiento de plagas. El problema es que, a menudo, estas barreras se utilizan más por motivos estratégicos que sanitarios, y eso las hace más permeables de lo deseable. Al final volvemos a lo de siempre: miles de seres de la naturaleza frente al ser humano, y a su propia naturaleza.

Redacción: Caridad Calero.

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