Micro cerveceras rurales, un sector escondido y pujante

La cerveza es una de las bebidas favoritas de los españoles, más aún si se trata de tomar algo en compañía y fuera de casa.

Tanto como que ocho de cada diez adultos la toman a lo largo del año y que, en 2018, el consumo de cerveza en España aumentó un 1,4 por ciento respecto a 2017, de manera que ese año por primera vez se consumieron 40 millones de hectólitros.

De ellos, casi 38 millones y medio se habían producido en España, el 90 por ciento, porque a los españoles parece ser que además de gustarles la cerveza, son también bastante más partidarios de las de origen nacional.

Todos estos datos están en el Informe socioeconómico del sector de la cerveza en España de 2018, elaborado por Cerveceros de España, la entidad que agrupa a los productores de cerveza y que corresponden a la producción de las grandes marcas cerveceras del país.

Junto a ellas hay un sector que también ha crecido en los últimos años, y no poco. Son las micro cervecerías, aquellas que producen cerveza de manera artesanal y que no superan los 5.000 hectólitros (500.000 litros) anuales.

Pues bien, estas cerveceras casi se han multiplicado por diez en los últimos nueve años: en 2010 operaban menos de 50, y en la actualidad hay cerca de 400 en España. Es fácil imaginar la diferencia de magnitudes entre una cervecera artesanal y otra industrial, no obstante, ahí va una cifra: la industrial puede llegar a sacar de su fábrica 3 millones de litros diarios.

De minoría en minoría, entre estas cerveceras artesanales hay unas cuantas que están impulsadas y gestionadas por mujeres, en el ámbito rural y, a más a más, con producción ecológica.

Lluna, una cerveza artesa y ecológica

Una de las veteranas es María Vicente, quien, junto con sus socios de la cooperativa Articultura de la Terra, desde Alcoy (Alicante) crearon la marca Lluna en 2008.

«Fuimos de los primeros en hacer cervezas artesanas y ecológicas en España. Vamos, es que cuando empezamos la gente casi ni sabía lo que era ecológico ni lo que era artesano».

Venías de otros trabajos y de una vida anterior que querían cambiar y «desde el principio apostamos por la transformación agroecológica y de proximidad, si podía ser. Recuperar tierras y hacer transformación agroalimentaria

«Claro, pronto nos topamos con la realidad porque queríamos hacer diferentes productos, pero, por la normativa sanitaria no se puede hacer en un mismo sitio un día cerveza, otro vino y otro mermelada, por ejemplo. Se requería un registro sanitario independiente para casa cosa. Así que, nos quedamos con la cerveza, porque nos tiraba mucho lo de la cerveza artesana que ya habíamos visto en otros sitios, como Estados Unidos».

En esos principios, además también encontraron otros obstáculos para hacer las cosas como ellos querían, porque «habíamos decidido que, ya que empezábamos algo nuevo, trataríamos de hacerlo de la forma más acorde con nuestra filosofía y nuestra manera de ver el mundo y el futuro. Por eso queríamos hacer solo agricultura y productos ecológicos, o utilizar ingredientes ecológicos certificados y de proximidad. En un principio la idea era recuperar terrenos agrícolas abandonados, particularmente viñas. Pero esa parte del proyecto hubo que dejarla porque eran parcelas pequeñas y no eran rentables».

A su favor contaron con el Centro de Empresas Innovadoras de la comarca, «con quienes hicimos el proyecto, hicimos un máster de viticultura y nos fuimos formando en un celler de aquí. Otra buena ayuda, como casi siempre en este tipo de proyectos, fue la participación económica de esos grupos cercanos de familia, amigos y gente afín al proyecto, que aportaron un poco de capital para poder comenzar».

En los 10 años que llevan funcionando con su proyecto han podido cumplir algunas de sus expectativas en lo que a abastecerse de productos locales para elaborar las cervezas se refiere, «el lúpulo sí que lo conseguimos ya todo estatal, de Girona, de León. Pero, de momento, es lo más próximo que tenemos».

Sin embargo, otros ingredientes de la cerveza «como el cereal o la malta, y menos en ecológico, hoy por hoy, no se pueden conseguir de proximidad. De momento, nos tenemos que seguir abasteciendo en Alemania».

A cambio, con el agua la cosa es bien diferente, porque «el 90 por ciento de la cerveza es agua, y ahí tenemos un factor muy bueno, porque la que tenemos aquí es muy buena. Viene directamente del parque natural y nos gusta usarla tal cual. Porque el agua también es muy importante en las recetas. De hecho, muchas industrias, incluso las artesanas, que no tienen tan buen agua sí que la tienen que tratar, añadirle sales, etc., para hacer un estilo concreto de cerveza o, en el caso de la industrial, que sepa igual la hagan en Sevilla o en Valencia, aunque tengan un agua diferente. Así que, nosotros estamos muy contentos con nuestra agua, que es lo único que tenemos de aquí».

Para María Vicente, que no es de tirar la toalla, «todo llegará, soy optimista. Más hoy incluso que hace 10 años, cuando empezamos. Porque el sector de la cerveza artesana también ha crecido y hay gente que puede ver que hay un mercado y tratar de abastecerlo de materias primas. De hecho, nosotros contactamos con agricultores de la zona, para ver si se animan a plantar cereal y ya luego lo maltearíamos nosotros».

Actualmente su producción alcanza los «40.000 litros al año. Son como 120.000 botellas de tercio y también hacemos barriles para eventos. Nuestro volumen, para una artesana, no está mal. Desde luego, si lo comparamos con una marca industrial, que hace eso en un día, pues es una minucia».

En cualquier caso, «nosotros no podemos competir en los bares con los grandes, que les montan una terraza y les dan unos precios con los que nosotros no podemos luchar. Claro, nuestro producto tiene un precio más alto, pero es que es diferente. Por eso, nos enfocamos mucho más al comercio de proximidad, y el hecho de ser los primeros hacer cerveza artesana ecológica nos ha permitido acceder al mercado de los restaurantes ecológicos o vegetarianos, las tiendas ecológicas, etc., que valoran el esfuerzo que hacemos, el cariño que ponemos en la elaboración y, si me apuras, nuestra apuesta por la transformación del mundo en que vivimos».

La pequeña empresa tiene mucha visibilidad en ferias como Biofach o Biocultura

Para empresas tan pequeñas darse a conocer al mercado tiene un plus de dificultad, si bien para el sector ecológico hay al menos dos citas imprescindibles: Biofach y Biocultura.

La primera es probablemente la feria comercial más importante a nivel mundial en el sector de la alimentación ecológica; y la segunda lo es en el ámbito de España, y en la que está presente el sector de la producción ecológica en un sentido más amplio.

Pues bien, en ambas ha estado presentes Cervezas Lluna, «en Biofach, hicimos algunos contactos y salieron algunas cosas de exportación. Pero, para nosotros que somos muy pequeños, aquello es abrumador».

En Biocultura, además, en la última edición en Madrid, en noviembre pasado, participaron en un showcooking e hicieron una cata profesional de cervezas ecológicas junto con otras mujeres de la industria cervecera pertenecientes a la rama española de la asociación Pink Boots Society (PBS).

María Vicente forma parte del grupo de mujeres cerveceras integradas en PBS, «que creó Teri Fahrendorf en Estados Unidos en 2008.

Ella trabajaba en este mundo de la cerveza y vio que, en una industria con tantos hombres, la mujer tenía muy poca visibilidad. Fue contactando con otras mujeres cerveceras de su país y creó la asociación para hacer una red de trabajadoras o empresarias del sector cervecero».

Hay grupos en nueve países, con unas 2.500 socias. El grupo español de PBS se constituyó como asociación sin ánimo de lucro en 2019 con el objetivo de «estar en contacto entre nosotras, compartir experiencias y conocimiento, crecer profesionalmente.

También tenemos unas becas para ampliar formación y no quedarnos atrás por el simple hecho de ser mujeres, hacemos reuniones para elaborar cervezas colaborativas, etc. En España somos unas 50».

Lo Vilot, cerveza artesana cultivada y embotellada por ellos mismos

María Vicente y Quiònia Pujol, de Lo Vilot, son dos de ellas. Si la primera fue pionera en su momento, no lo fue menos la segunda que, seis años después, comenzó su andadura en la fabricación de cerveza artesanal ecológica en Almacellas, Lleida.

En este caso, con la característica de que hacen el proceso completo: desde el cultivo de las materias primas hasta el embotellado de la cerveza, por lo que se consideran como «cinco empresas en una. Porque producimos las materias primas, las transformamos, elaboramos la cerveza con ellas, la embotellamos y la vendemos. Otras empresas solo hacen uno de esos procesos, lo nuestro es lo que se suele llamar una granja cervecera», detalla Quiònia Pujol, quien junto a su pareja, Óscar Mogilnicki, está al frente de esta empresa.

Su marca está en el mercado desde hace algo más de cuatro años, pero su proyecto comenzó dos antes «como teníamos la idea de producir nosotros las materias primas empezamos por cultivar la cebada, y teníamos que adaptarnos a los ciclos de la agricultura: plantar y cosechar la cebada, el lúpulo, etc. Claro, es un proceso que cuesta mucho. Así que, al principio, mientras disponíamos de nuestras propias materias primas, las comprábamos y poco a poco fuimos incorporando las nuestras. Ahora solo usamos lúpulo y cebada base nuestros. Después también comenzamos a maltear trigo y ya todo el que usamos es nuestro».

Lo que comenzó casi como una afición «yo no consumo cerveza industrial. No me gusta. Pero sí me gustan las artesanales, y pensamos hacer cerveza para nuestro consumo», fue tomando otra dimensión a medida que se dejaban volar las inclinaciones personales «pensamos en hacerla con ingredientes ecológicos, y estuvimos buscando, en el extranjero. Pero no había ni aquí ni fuera».

Así que si se quería hacer y hacerlo de una determinada forma, la formula era tirar del bagaje personal «yo era ya agricultora profesional y estaba dada de alta como tal, porque había estado fuera un tiempo y vuelto al pueblo. Por eso nos decidimos a cultivarlos nosotros».

Pero no solo fue la experiencia personal lo que permitió poner en práctica esa idea «también disponía de unas fincas y unos almacenes porque mi familia tradicionalmente se ha dedicado a la agricultura y la ganadería». De manera que, aparte del propio ímpetu, ahí está gran parte de la clave de la viabilidad del proyecto «si no hubiera sido por esa base de disponer de tierras y maquinaria, todo esto no lo hubiéramos podido hacer. Se necesita mucho dinero y de la nada no se puede. Ni nos lo hubiéramos planteado. De hecho, hay más gente que querría hacer un proyecto parecido, pero partiendo de cero es imposible».

Quíonia Pujol reconoce que se metieron en un lío tremendo «al principio no fuimos conscientes. Pero, llega un momento en que estábamos en un punto de no retorno; porque, a pesar de todo, también debíamos dinero al banco. Así que, si había que dejar nuestras ocupaciones anteriores para dedicarnos al 100 por 100 a esto, pues había que hacerlo».

Porque esto, además de cultivar ocho hectáreas de cereal y dos de lúpulo, incluía las pruebas de distintas variedades para ver cuál se adaptaba y era económicamente rentable, «al principio no sabíamos muchas cosas. Avanzamos a base de prueba-error. Ha costado mucho». Esto, decíamos, también ha incluido maltear sus propios cereales «casi un poco por obligación. Si no, no podíamos utilizar nuestro propio cereal. No hay ninguna maltería en España, ni ecológica ni convencional, para los fabricantes artesanales de cerveza. Por mucho que me duela decirlo, en el tema de la malta, aparte de la nuestra, solo hay otra cerveza catalana industrial sostenible, que compra el cereal en España y se lo maltean para ellos. Pero el malteado es un proceso que está muy globalizado y si en Marruecos lo hacen más barato que aquí, pues lo compran allí».

Tampoco el malteado fue fácil de sacar adelante, «es un proceso largo y complicado que se le hace al cereal y que cuesta mucho aprender. Nosotros hemos empleado más de 40 toneladas de cereal aprendiendo a maltear. Más la inversión en la malteadora, que la diseñamos nosotros».

El caso es que, finalmente, no solo lograron sacar su marca al mercado, sino que fueron aumentando la producción de 15.000 litros el primer año a los 45.000 de este.

Incluso se permiten producir 10 variedades, «porque en este mundo de la cerveza artesanal todos quieren novedades». Su trabajo como cerveceros les da para vivir razonablemente, para saldar las deudas de sus inversiones y estas mismas quizá les abran una nueva área de negocio, porque «ahora que ya sabemos maltear estamos planteándonos trabajar también para tercero. De hecho, hemos pasado algún presupuesto. A nosotros, nos permitiría amortizar la maltería, pero también sería importante para otros cerveceros artesanales, tanto de ecológica como convencional, porque en España no hay malta local para este mercado».

Autora: Clara Navío, periodista ambiental

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