Un recorrido por los mejores testigos gráficos de ‘la España vaciada’

 MANUEL CUÉLLAR / EL ASOMBRARIO

 

Del Grupo AFAL a Cristina García Rodero y Navia, un homenaje a los fotógrafos que han grabado en nuestra memoria y corazón la evolución de los pequeños pueblos

España, provincia de Ciudad Real, comarca del Campo de Montiel, Santa María, aldea de Villahermosa.Spain, province of Ciudad Real, Campo de Montiel county, Santa María smaill village. © Navia

La fotografía ha sido, casi desde su invención, un inmejorable aliado de los historiadores. Probablemente el ejemplo más famoso que tenemos hasta la fecha de este tipo de uso de la fotografía y sus profesionales sea el realizado tras el crash del 29 en Estados Unidos por parte de la Farm Security Administration, un organismo gubernamental que se creó con el objetivo de apoyar a los pequeños granjeros y contribuir a la regeneración de tierras y comunidades rurales. Lo primero era conocer el estado de las cosas. Bajo la dirección de Roy Stryke se contrataron a una serie de fotógrafos con el propósito de documentar las zonas rurales del país más castigadas por la crisis económica. Aquel trabajo significó, para muchos de sus protagonistas, la consagración popular como fotógrafos y fotógrafas. En la lista de aquellos documentalistas están nada menos que nombres posteriormente tan significativos como Walker Evans, Dorothea Lange y Russell Lee.

 

Fueron buscando la devastación y un país derrumbado, pero no solo encontraron pobreza, sino también una dignidad inquebrantable en la mirada de miles de mujeres, hombres y niños, y una promesa de esperanza escondida bajo la tierra. Poco a poco, lo que había sido una misión de meros fedatarios del estado de una nación terminó escorándose cada vez más hacia el arte y la mirada personal hasta componer un espectacular y sobrecogedor retrato del paisaje rural, pero también urbano de Estados Unidos.

 

España, provincia de Ávila, Valle del Corneja, Villafranca de la Sierra. Belén Marqués, ganadera.Spain, province of Ávila, Corneja Valley, Villafranca de la Sierra village. Belén Marqués, cattle breeder.© Navia

En España las cosas eran diferentes en aquella época. Inmersos en la dictadura con una censura férrea y continuada, la documentación gráfica oficial era incapaz de sacudirse el hedor a propaganda. Sin embargo, en la década de los 50 echó a andar un grupo de fotógrafos que lograron componer durante dos décadas una fresca y verdadera panorámica no solo de la España que vivía en los núcleos urbanos, sino sobre todo de la España profunda de los pueblos y el campo. Englobados bajo la Agrupación Fotográfica Almeriense se editó el primer número de la revista AFAL en 1956, promovida por el fotógrafo Carlos Pérez Siquier y dirigida por José María Artero García, que hasta su cierre en 1963 no solo supuso una renovación de la fotografía española de posguerra, como ha subrayado la escritora Ana Esteban a propósito de la exposición que en el último año les ha dedicado el Museo Nacional Reina Sofía, también compuso un fresco para la memoria de cómo era aquella España empobrecida, tradicional y en blanco y negro.

Ricard Terré, Ramón Masats, Oriol Maspons, Francisco Ontañón –en activo hasta bien entrado el nuevo siglo– y Julio Ubiña, entre otros, publicaron en las páginas de esta revista, donde dejaron instantáneas imborrables como la de aquel cura levitando para siempre en el aire estirado con su sotana para evitar que un balón se colara en la portería durante un partido de fútbol entre alumnos y profesores de un seminario. Costa Brava Show fue como tituló el fotógrafo Xavier Miserachs su mirada crítica sobre la progresiva transformación de la costa española debido, fundamentalmente a la presión turística y la especulación inmobiliaria.

 

Pero si hay un nombre que nos salta a la mente al hablar de fotografía popular, rural y paisajística de España, ese es el de Cristina García Rodero. La fotógrafa manchega ha recorrido toda la geografía española documentando las fiestas de los pueblos, que expuso por primera vez en México bajo el título de Fiestas tradicionales en España. En su trabajo España oculta puso el foco en lo que ahora denominaríamos la España vaciada. Gracias a sus fotografías podemos saber ahora cómo se vivía, cuáles eran los usos, costumbres y tradiciones de muchos de los pueblos y aldeas que en este momento languidecen de abandono y ruina.

 

Uno de los artistas que mejor ha recogido el testigo de García Rodero ha sido José Manuel Navia, tal vez uno de los mejores paisajistas de la fotografía española. El 15 de noviembre ha presentado en Huesca su nuevo libro y exposición, titulados Alma Tierra. Dice Navia que este trabajo quiere ser ante todo un homenaje. Homenaje a quienes ya no están, a su cultura y a su memoria, que es la memoria de la tierra. Y también homenaje a las personas que, con energía, resignación o ilusión, resisten y pelean cada día por poblar ese mundo rural que se fue o que se está yendo. «Mundos campesinos’, en plural, diría Marc Badal, contra la mirada reduccionista que lo urbano intenta imponer siempre sobre lo rural”.

El escritor leonés Julio Llamazares, que firma el prólogo de este libro de fotografías, escribe: «De Aragón a Extremadura, de Galicia a Andalucía, de la meseta del Duero a la de La Mancha, kilómetros y kilómetros de territorio y miles de aldeas y caseríos se han despoblado y otros tantos continúan haciéndolo, con todo lo que ello significa. ¿Una elegía? ¿Un alegato contra la marginación de unos españoles por parte del resto? ¿Una llamada a la reflexión a las autoridades y al pueblo español en general? Es difícil contar en pocas imágenes la desaparición de un mundo o la propia relación con él. Yo lo he intentado en una novela y Navia lo hace con estas fotografías, que son una proposición estética pero también moral y política, en tanto que lo que se nos narra con ellas nos afecta a todos”.

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