Suso Mourelo, vivir y escribir en pueblos de menos de 100 habitantes 

 

Rafa Ruiz / El Asombrario

 

El escritor Suso Mourelo decidió vivir casi un año en cuatro pueblos de menos de 100 habitantes para dar forma a su nuevo libro, ‘La naturaleza del silencio’ (editorial La Línea del Horizonte). Para retratar “esa geografía desangrada que es la España silente”. La España quieta, olvidada. Estuvimos con él presentando su libro en Madrid.

 

El escritor y periodista Suso Mourelo (Madrid, 1964) conoce bien otros ritmos, los lentos, por su experiencia asiática. De hecho, había dedicado a Japón, sus paisajes y culturas, sus últimos libros: En el barco de Ise. Viaje literario por Japón, Tiempo de Hiroshima y El Japón de Hokusai. Tal pasión sentía por el Lejano Oriente que hasta decidió vivir buena parte del año en Hiroshima. Y en buena parte por esa templanza, esa vivencia de sentir pasar los días con otros relojes, decidió sumergirse durante nueve meses en la España que no vive de urgencias ni ansiedades ni actualidades. Trazó un círculo en el mapa y eligió vivir nueve meses en estos cuatro pueblos de menos de 100 habitantes: Aragüés del Puerto en el Pirineo oscense, El Centenillo en Sierra Morena, Higuera de Albalat en Cáceres y Audanzas del Valle en el Páramo Leonés. Y de ahí nació La naturaleza del silencio, que llegó a librerías a finales del año pasado

 

Pilar Rubio, meritoria editora de La Línea del Horizonte http://lalineadelhorizonte.com/, me invitó a presentar el libro en Madrid, en La Fábrica, junto a la escritora y periodista Virginia Mendoza. Y claro, la primera pregunta que surgió fue: ¿por qué precisamente esos pueblos? Suso reconoció que surgieron un poco al azar, dejándose guiar por un mapa, para que estuvieran representadas cuatro zonas distintas, y que también se dejó llevar por la belleza de los nombres. Como requisitos indispensables, dos: que contaran con menos de 100 habitantes y que tuvieran bar. Un bar como puerta de entrada del forastero hacia las a veces suspicaces gentes de los pueblos de interior, poco acostumbradas a que husmeen en sus vidas. El bar como enlace, como disculpa para entrar en contacto, en calor y en conversación.

 

Suso Mourelo no ha querido sacar conclusiones ni enseñanzas; no ha querido pontificar nada sobre la España vacía o vaciada, sino solo transmitir sensaciones y emociones, silencios y olvidos, que no es poco, con una prosa cuidada y bella, que a menudo nos lleva a leer las frases más de una vez, para poder captar toda la profundidad de sus formas y contenido: “Me detengo a oler el día y capturar algo suyo: el silencio. En realidad, lo único que hago es escudriñar la soledad y su mutismo. Mi soledad y mi mutismo. No quedan huellas en el suelo ni pájaros en el aire, agazapados en algún secreto; ni caminantes bajo unos copos que dudan antes de yacer en la nieve; cuando lo hagan habrán muerto de uniformidad. Acaricio plantas cuyo aroma duerme, piedras con piel de arena. Un puentecito vuela sobre un regato helado. En un quiebro del paseo se divisan dos lugares, Aragüés y Jasa: en la distancia son hermanos. El carrusel de ascensos y caídas continúa, con la belleza de ignorar el destino”.

 

Suso Mourelo se detiene en lo pequeño y en el detalle, quizá la tabla de salvación de estos pueblos, quizá la tabla de salvación de cualquier humano que persigue ambiciones y solo encuentra sosiego y retazos de felicidad en los instantes: “El silencio es un músico exigente: solo permite que le acompañen sonidos armónicos; en caso contrario, se desvanece y le cede el atril al ruido. El chorrito de agua de la alberca es buen compañero; por eso le deja cantar. Me siento en el banquito que alguien ha plantado entre un paredón que aguanta el desnivel, la vegetación y la fuente”.

El escritor no quiere sacar conclusiones ni recetar recomendaciones, pero sí denuncia burocracias y sinsentidos que amordazan aún más estos pequeños núcleos de población y no les dejan crecer. Él mira, observa, escucha y, sobre todo, deja hablar a la gente, a los paisanos:

“Yo, de momento, experimento con las cosas que son mi pasión. Primero, las gallinas. Vendo huevos a los amigos hasta que tenga todos los permisos. Hay demasiados obstáculos aquí. Por ejemplo, la ley que prohíbe instalar una empresa en un terreno pequeño carece de sentido. También por eso lucho. Si no se lucha, nada se logra y si no se hace nada, los pueblos se acaban”.

 

Deja hablar a los paisanos y a otros grandes escritores que miraron otra forma de medir el tiempo y los horizontes: John Berger, Thoreau, Walt Whitman, Joaquín Araújo, Manuel Vilas, Luis Landero, Miguel Torga, Julio Llamazares, San Juan de la Cruz… Y reivindica, como lo hicieron Miró y Albert Pla, el paseo, el paseo que amansa, libera tensiones y además inspira. Respirar bien para sentirse inspirado. Paseo por caminos y carreteras secundarias, muy secundarias.

“Salgo del pueblo por otro final. En el último jardín la maleza guarda la fragancia de la tormenta. La calle se convierte en carretera, las sombras se acaban. La espuma de la luna permite pasear. Aún se distingue el perfil de un cementerio; cerca, la silueta de las bodegas. Sé que los animales se esconden antes de que los detecte. No sopla el aire y las plantas de maíz, fantasmas al acecho, dormitan. Si me detengo, el silencio ocupa todo: la oscuridad, la vida invisible, el murmullo del pensamiento. Me gusta amblar sin saber adónde lleva este asfalto que desciende levemente. Luego cambia y sube. Un ruido, un coche por una pista que no puedo ver, salta y desaparece. No muy lejos brillan luces y allá arriba, desganadas, unas estrellas. Me tumbo en el suelo: el asfalto está templado”.

 

Su punto de partida era este:

“Sabía que llegarían quienes me presentaran a cronistas a los que no quería prestar mucha atención, pues no investigaba la historia de las minas o el declive de la ganadería, ni pretendía escribir un ensayo sobre la despoblación, solo asistir al devenir del día entre cien habitantes. Si fuera capaz, querría escribir solo aire”.

Prosa que se convierte en muchas páginas en poesía. Un viaje por el silencio, la quietud y el olvido de esos pequeños pueblos de España (las estadísticas hablan de 1.300 pueblos en España con menos de 100 habitantes). Y un final de viaje (en la página 178 de las 216 que tiene el libro) sin querer, como ya hemos dicho, llegar a ninguna conclusión: “No creo en el mito de que la vida rural sea rousseaunianamente bondadosa. En el camino he conocido a personas generosas y a gente cruel, como en las ciudades. La diferencia es que cerca de la naturaleza florece la posibilidad de llevar una vida más consciente, más acorde con ella y con nuestro interior”.

 

 

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