Un vegano en la mesa de Navidad

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Poneos en situación: finales de noviembre, vestuario de una piscina lleno de señoras en torno a los 60 años conversando sobre los menús que piensan poner en su mesa de navidad. Una de ellas comenta — “pues resulta que mi hija se ha hecho vegana y es un fastidio”—, justificándola a continuación, —”la niña tiene 18 años y se ha hecho vegana porque dice que los animales sufren”—. — “¡ Pues más sufrimos las personas ! — contestó otra señora, y apostilló una tercera — “cuando vemos los precios de los alimentos en el mercado”—.

Esta conversación, completamente verídica, ilustra a la perfección varios de los temas a los que se enfrentan los veganos a diario, y con mayor intensidad durante las fiestas que se avecinan, en las que se multiplican las ocasiones de comer en sociedad y por tanto la probabilidad de exponerse al juicio de omnívoros poco tolerantes.

Comencemos por el sufrimiento de los animales. Efectivamente, muchos veganos consideran inaceptable el trato que se da a los animales, influidos quizás por algunas campañas tremendamente impactantes y no siempre ajustadas a la realidad cotidiana de las granjas, al menos en la Unión Europea donde se exigen unos estándares de bienestar animal ciertamente exigentes. Este es el motivo principal por el cual mucha gente joven se hace vegana (especialmente mujeres), al que se une la crítica a los sistemas modernos de producción industrial de alimentos y la adquisición de ciertos compromisos éticos (cuidado del medio ambiente, comercio justo y solidaridad, etc.).

Una vez justificada la postura ética, llega el segundo “round”: ser vegano es cosa de gente con dinero, hipsters, pijos o epítetos similares. Al ser el veganismo una variante del movimiento vegetariano que rechaza el consumo de cualquier cosa de origen animal, el compromiso de estas personas se vuelve verdaderamente complicado de mantener ya que va más allá de lo comestible y requiere sacrificios a la hora de elegir productos de limpieza e higiene, cosméticos, ropa, calzado, ofertas de ocio, etc. Además, a menudo se asimila al movimiento ecológico, que no se caracteriza precisamente por ser barato.

Y claro, con estas premisas, esta sufrida señora se habrá preguntado qué ofrecerle de comer a su hija vegana para no dejarla sin cenar. Y seguro que también muchos nos hemos preguntado “¿cómo sería un menú de navidad completamente vegano?”. Pues es perfectamente posible y no tiene por qué ser ni caro, ni soso, ni triste. Solo hay que saber organizarse a la hora de comprar, tener algo de maña en la cocina para tratar bien las verduras, las legumbres y los derivados de la soja (lo cual tiene bastante mérito) y contar con un recetario de confianza.

Hay miles de recetas en Internet, y mucha gente dispuesta a difundirlas. He escogido una muestra para componer un menú mínimamente atrayente para un omnívoro medio. Comenzamos con varios entrantes: el clásico hummus (imprescindible), paté de aceitunas, chips de distintas verduras, croquetas de zanahoria y puerros, nuggets veganos o patatas especiadas… Puede ofrecerse también un primer plato sencillo, como una crema de verduras hecha con mucho cariño o una colorida ensalada con su aguacate de temporada… Luego pasamos al plato principal, que podría ser una lasaña vegetal o si te atreves, seitán con ciruelas y piñones o empanada de espinacas y tofu. Y por si alguien se ha quedado con hambre, siempre existe la versión vegana de los clásicos mazapanes, polvorones o turrones.

Que, ¿te animas a probar? Hagas lo que hagas, buen provecho y felices fiestas.

Redacción: Caridad Calero

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